jueves 1 de septiembre de 2011

El buen cuidador

-Vaya, vaya!-gritó Marino a su hijo mayor- Buen cuidador de familias que eres tú! Te advertí que debías encargarte de cuidar la casa toda la noche y bien despierto, y no pasó media hora desde que me fui cuando ya estabas roncando como un lirón, buen bandido, irresponsable! Ya sé que no debo confiar en ti!

-Pero, padre-gimió Glauco-, no me digas todas esas cosas feas sin saber realmente lo que hice!

-Ya te dije lo que hiciste: dormir dando ronquidos como un insensato-volvió a gritar Marino.

-En realidad, padre-le explicó Glauco-, sí dormí, pero todo el tiempo me lo pasé soñando que ahuyentaba ladrones peligrosos parado en la puerta de la casa, y cuando desperté me sentí como un apaleado de tan cansado que estaba. O sea, que no descansé como tú crees. Además, los ronquidos los echaba para asustar a todo el que se quisiese acercar a al puerta, como hacían los salvajes de la antigüedad en sus cuevas para espantar a las fieras, créemelo, padrecito.